UNA NUEVA ETAPA (CCCLXXIV)

Después de lo que había visto a lo largo de aquellas horas, sorprendida, tenía ganas de gritar por cómo Jean Claude había puesto en su sitio al canciller. Sí no lo hice, fue por no estar segura de cómo le afectaría mi actitud a Hanna. Había entre nosotras algo muy intenso; pero, aunque ella era más que una amiga y se exponía al acogernos, no podía olvidar que era una alemana y el entusiasmo que sentía por la política. Y, además, mi reacción podía ser escuchada por los vecinos; y no nos convenía tener problemas. En cualquier caso, de lo que no me privé fue de telefonear a mi amigo e invitarle a que nos hiciera una visita al día siguiente.

-¡Menuda sorpresa nos llevamos! ¡Hanna puso el debate para ver la entrada de las nuevas provincias y, de repente, te encontramos ahí, en primera línea! Y te veo muy bien; estás muy recuperado. El otro día, cuando te marchaste, nos dejaste a todos muy preocupados; temimos no volver a verte. Y ahora, ¡Presidente del partido federal de Alsacia! ¡¿Cómo lo has conseguido!?

-Bueno, han sido diversos factores -respondió con un cierto orgullo. O tal vez no era orgullo; tal vez era otra cosa. Su rostro sonrosado revelaba cierta vergüenza en sus palabras. Ahora era un ser tímido el que se mostraba ante mí; nada que ver con el león agresivo que horas antes había rugido ferozmente en el hemiciclo y había enseñado las garras a Schleiermacher-.

‘Cuando regresé a Estrasburgo recibí una carta misteriosa; no tenía remitente ni estaba firmada por nadie. En el interior de un sobre lacrado con una rúbrica que simulaba un dragón rojo, figuraba un único folio, donde alguien, cuya identidad se reservó por el momento, me aconsejaba presentarme a las primarias para representar al Land; y, decía, para posibilitar que aquel cometido fructificara, acompañó aquel único folio con un cheque por el valor de un millón de krups. Sólo verlo, me apresuré a ir al banco para cobrar una pequeña parte con que comprar algo de comida.

-Lo que cuentas es algo fascinante.

Pero el cheque iría a nombre de alguien, supongo.

-No exactamente. Era todo muy extraño. Sólo ponía el nombre de una sociedad, Jóvenes republicanos de Estrasburgo. Nunca había oído esa organización; y, por más que la busqué, no la encontré. Pero recibí el dinero. Había más que suficiente para sobrevivir durante una temporada y montar el partido. Fue algo vertiginoso; todo sucedió en un mes de locos. Mi hermano y yo, que ya nos veíamos perdidos, de la noche a la mañana nos convertimos en líderes de un partido político y ganamos las elecciones del Land.

No era falsa modestia; era así, tal como nos contaba mi amigo, cómo habían ocurrido las cosas. Las relataba con aire distraído, como indiferente a todo aquello. Era un agudo contraste con el guerrero del día anterior.

-Pero tú nunca has pensado en la política; nunca te ha interesado una mierda. Y ahora te mueves con gran soltura; insultas al canciller, lo desafías y citas a Maquiavelo.

-Eso no tiene nada que ver.

Si viste el debate completo, todo lo que dije en mis dos intervenciones fue cierto. Habría más o menos espontaneidad; mis palabras podrían estar un poco meditadas, si quieres; pero nada más. Y también fui sincero cuando dije aquello de que no era un político profesional como Schleiermacher. Yo soy un idealista; un romántico; eso en mí no ha cambiado. Por eso sé que juego en desventaja frente al canciller.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

22/12/2019.

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