MÁS ALLÁ DE LOS VERSOS

Cabizbaja y concentrada, ella seguía escribiendo en su libreta de papel celeste románticos versos que brotaban raudos de su pluma, con los ágiles trazos que marcaban sus dedos decididos, guiados por su alma tierna y enamorada. El sol alentaba cada vez con mayor fuerza, a medida que el día despertaba, y las calles renacían con el gran estrépito de sus gentes, que caminaban presurosas y con grandes alaridos pretendían salvar las grandes distancias que las separaban; o celebraban con juvenil entusiasmo el comienzo de la jornada. Él entró en el bar y lanzó una rápida mirada; la encontró y se acercó a ella con paso decidido sin detenerse un instante en la barra, donde, ocupado por los reclamos de numerosos clientes, el camarero no había reparado en su llegada.

Abstraída en sus poemas, ella no se percató de su presencia hasta que el hombre llegó a la altura de su mesa y se detuvo, observándola con mirada apasionada. Ella empezó a salir de su ensimismamiento al comprobar que la persona que había frente a ella aguardaba; que, lejos de emprender la marcha, se consolidaba en su puesto de fiel centinela. Entonces supo que era él. Acabó aquel verso, dejó reposar la pluma sobre el papel y levantó la mirada; él le llevó una mano a la tupida melena y le besó los labios con un beso breve y discreto; con el tímido ósculo que, sin embargo, encierra un buenos días y un te quiero; con el recato propio de momento y con la complicidad de dos corazones que se comprenden.

Después del primer encuentro de las bocas, él retiró la silla que había enfrente de ella y se acomodó, mientras el camarero, desahogado de sus exigentes comensales, se acercaba para tomarle nota de aquél café.

-Tómate el café con calma mientras acabo el poema.

Él no respondió nada. Se limitó a contemplarla con sus oscuros ojos, embriagado de deseo. Le gustaba llegar un poco antes de que terminara de escribir para disfrutar de la imagen que ella generosamente le ofrecía; de esa pose tranquila, pero también inteligente, mientras la poesía de sus venas fluía hacia el sagrado lienzo. Ella sabía cuánto gozaba él al verla rellenar aquellas cuartillas, cuartillas que después le leería, cuando se encontraran a solas, cuando la intimidad de sus almas no pudiera ser perturbada por miradas indiscretas. Su voz suave y melódica acariciaría sus oídos y avivaría su llama; esa llama que seguía creciendo desde el primer encuentro.

A pequeños sorbos, él seguía bebiendo; ella terminaba estrofas con la mirada fija en el papel, donde creía ver el reflejo de la sonrisa de él, el sabor de sus labios, de aquel discreto beso, el brillo de sus pupilas. Recordar aquello, el contacto de su mano en su espesa cabellera, despertaba la pasión de sus líneas, la fuerza de sus letras.

Ella puso el broche final a su poema; él tomó el último sorbo de su café y pagó la cuenta. Sus bocas volvieron a encontrarse cuando se levantaron, y entonces salieron juntos, entrelazadas las manos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

01-05-2017.

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