UNA ENCARNIZADA LUCHA

Tenía por costumbre acostarse tarde, ya entrada la madrugada. El silencio que se respiraba en esos momentos, privado del escándalo del día, de ese mundanal ruido provocado por las gentes que lo rodeaban y por aquellas personas anónimas con quienes a diario se cruzaba y a las cuales tan sólo se sentía unido por la mutua ignorancia, cuando no por un sordo desprecio; la confortable soledad que lo arrullaba en esos postreros instantes del día, cuando nada ni nadie podía interferir en sus pensamientos y en sus melancolías; cuando la lóbrega noche llegaba para acortarle las distancias que lo separaban de aquella lejana estrella que en remoto firmamento palpitaba y le enviaba su cálida luz; en esos momentos recobraba su vigor, siquiera fuera por unas breves horas, las que sus párpados pudieran soportar abiertos, sostenidos con las últimas fuerzas de una jornada que, ya finada, se empeñaba en prolongar lo más posible, aplazando el lecho, cuando por fin pudiera dar el ansiado y merecido reposo al cuerpo y se adentrara en la misteriosa morada de los sueños. Sabía que aquél era un terreno harto desconocido; un lugar donde se cumplían sus más fervorosos deseos y sus mayores temores; pero también que incluso ahí se frustraban todos sus anhelos. Era esta inseguridad, esta falta de control, lo que se le hacía frustrante, como frustrante se le hacía el despertar y comprobar que todo había sido producto de su imaginación; que su cerebro había vuelto a jugar con él, haciéndole gozar con aquellas placenteras imágenes sólo para de repente esfumarlas de un manotazo y arrojarlo de nuevo a la dura realidad, como un triste suicida que se arrojara desde la roca de Léucade.

Pero finalmente no tenía más remedio que ceder, cuando ya sentía que no podía resistir durante más tiempo el peso demoledor del agotamiento. Entonces se acostaba y se entregaba al arbitrio de aquel caprichoso dios, que se regodeaba de una manera impredecible, según se le antojara a su pueril espíritu.

Aquella noche, sin embargo, la infame divinidad había predispuesto otro tipo de juego con su víctima. Sería injusto tratar de medir su nivel de crueldad; decir si fue mayor o menor que la otra. Era, simplemente, diferente, con un refinamiento más propio de los grandes expertos en cámaras de tortura. Y es que, cuando se encontraba ya prácticamente sumido en el sueño, cuando sentía que se cerraba el último resorte de su vigilia, oía el feroz zumbido de un mosquito que se le aproximaba enfurecido, presa de un hambre atroz. Inquieto, se llevaba prestamente la mano a la cara por tratar de cazarlo y destruir a su enemigo; pero el maldito siempre escapaba y emprendía un nuevo intento. A la pobre víctima se le aguzaban los instintos, presa del pánico. Notaba la presencia de su asesino cuando se posaba sobre una parte de su cuerpo para dar inicio a su horrendo crimen; su oído captaba las ondas de su malévolo aleteo. Hasta media docena de veces sacudió las manos aquella madrugada tratando de cazarlo, siempre resurgiendo del fondo del sueño en el último instante, cuando ya estaba prácticamente sumergido, entregándose de nuevo a la guerra con aquel sangriento rival, sin torcer el brazo al enemigo, vendiendo cara su sangre. Cuando finalmente cayó extenuado, no sabía si había conseguido deshacerse de su rival, o si aquél aprovecharía su inconsciencia para acometerle el temible golpe.

Resultado de imagen de solo cuando un mosquito se posa sobre tus testiculos

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

25-06-2017.

4 comentarios en “UNA ENCARNIZADA LUCHA

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