EL REENCUENTRO (II)

Dos años después, la situación es muy distinta de aquel día, ya tan lejano, en que descubrí este paraíso. He regresado a esta tierra cargado de ilusión, como no podía ser de otra manera; pero entre las dos ocasiones hay grandes diferencias:

Si la primera vez viene a encontrarme con una amiga que me recogió en el aeropuerto junto a su novio, esto no se cumpliría ahora. La amistad con aquella persona se había roto meses atrás por razones que no merece la pena mencionar; de modo que esta vez el viaje tendría otro cariz; sería más independiente; visitaría la ciudad con mayor curiosidad, sin los límites restrictivos que inevitablemente conlleva toda compañía.

En cualquier caso, lo primero era llegar a Tenerife; y eso, tratándose de mí, era una odisea. Para empezar, no obtuve el billete hasta dos días antes de la salida, debido a un cambio de la política de equipaje de la compañía, que encarecía el pasaje y dificultaba los trámites. Una vez superado ese escollo, sin embargo, aún había otro: el mismo hecho de subir al avión. El vuelo era a las 11.20, y yo, con mis nervios tan exagerados, apenas dormí aquella noche. Me levanté a las 6.15, un cuarto de hora antes de lo previsto; desayuné y me preparé para coger el metro, acompañado por la maleta y dos libros, La genealogía de la moral, de Nietzsche, y uno de poemas, de Octavio Paz.

Antes de las 8.30 ya estaba en el aeropuerto, casi tres horas antes del vuelo; y tuve que esperar media para poder facturar la maleta; y, tras ello, más de hora y media para que abriera la puerta de embarque; un embarque, por otra parte, lentísimo. No sé si será igual en todas las compañías, o sólo en ésta, por ser de bajo coste; pero se me hizo eterno, y más porque estaba muerto de sueño.

Esta vez se me destinó asiento en la fila de en medio, la más incómoda, sin la vista privilegiada de la ventanilla ni la posibilidad de levantarme libremente que otorga el asiento del pasillo. A pesar de todo, procuré acomodarme y terminé de leerme el libro de Nietzsche, algo que fue una proeza. Si es difícil leer filosofía, este autor es aún más complicado; y, para acabar de elevar el listón, después de haber pasado prácticamente toda la noche en vela, mi cerebro estaba muy oxidado.

Pero me terminé el libro. Tras ello traté de dormir un poco, mas aquello era pedir demasiado para mis nervios y la postura tan incómoda que tenía. Lo único que podía hacer era aguardar a la llegada.

Luego vino la habitual preocupación por recoger el equipaje, pues temía que la maleta se hubiera extraviado. No fue así, mas el tiempo invertido en recuperarla me obligó a tener que esperar después media hora, hasta las 14,25, a que llegara otra guagua, término empleado acá para referirse a los autobuses, que me transportase hasta el Norte, dado que el vuelo llevaba hasta el aeropuerto del Sur, separado de la capital por media hora de carretera que se dobla en transporte público, debido a las paradas en los diversos puntos.

Sentado junto a la ventanilla de la guagua, muerto de sueño y de hambre, después de no haber comido nada más que una torta de verduras en el avión, después del desayuno, y dándome el sol, conseguí adormecerme. Pero entonces, cuando me percaté de que perdía la conciencia, hice un esfuerzo por desvelarme. Sí. Sé que es una actitud absurda; pero yo no siempre soy racional. No quería perderme nada del paisaje, por más que éste fuera desértico. Es una de las grandes diferencias entre Sur y Norte; pero yo quería ver la nada, el paisaje desnudo. Mi curiosidad era más importante que estar muerto de sueño y hambre.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/03/2019.

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