EL OTRO CASTILLO (IX)

-¡Vaya! ¡Con eso no contaba! Está bien. Dejadme en paz; ahora no me hhacéis falta.

Los ayudantes lo miraron sonrientes y abrazados con ternura, tal como el día anterior. Tenían un aspecto de completos idiotas. K los veía y no comprendía qué utilidad podían reportarle; habría preferido despedirlos. Por alguna razón no se decidió; quizá por la carta del conde y por miedo a incomodarlo. Se limitó a gritarles de nuevo para que se alejaran. Entonces volvió a buscar a Olga, pero no fue a ella a quien encontró, sino a la camarera. Ahora estaban frente a frente; pudo ver sus ojos marrones, que se le clavaban con una mirada intensa; su oscura y ondulada cabellera que le caía con gracia; pero también una piel donde destacaban las arrugas de las manos por un trabajo demasiado intenso. Era de mediana estatura, más bien bajita, con el labio inferior excesivamente pronunciado y una nariz aguileña demasiado grande para una cara tan pequeña. En conjunto no podía decirse que fuera una mujer atractiva, pero K sintió cierta atracción.

-¿Desea algo? Parece perdido.

-Disculpe. Vine aquí con una muchacha; no sé si se fijó usted.

-¡Ah, sí! ¡Ya recuerdo! Está al fondo; creo que habla con alguien -dijo con desgana la camarera-.

-Gracias. Pero ahora no sé qué hacer. Verá: soy el nuevo agrimensor, y necesito hablar con mi superior jerárquico; no sé si pueda decirme dónde localizarlo. Se llama Klamm.

-Sí; claro que puedo decirle dónde encontrarlo. Por cierto: me llamo Frieda; soy su novia.

Había en su mirada y en el tono de su voz algo de inquisitivo, pero acaso también algo de sensual. Miraba a K con los ojos entrecerrados, con una mirada insinuante; y acompañaba sus palabras con una cadencia adormecedora. Su última afirmación fue impactante.

-¿Y dónde está?

-Aquí mismo. En estos momentos no recibe ninguna visita, pero puede verlo si quiere. Está en una sala, descansando.

El hecho de no poder hablar con su superior, a pesar de tenerlo tan cerca, lo contrarió. Sin embargo, la tentación de observar a aquel hombre del que en cierto modo dependía fue más fuerte.

Frieda lo llevó hasta una habitación apartada; ahí aplicó un cuchillo sobre la puerta y extrajo un trozo de madera de forma circular.

-Acérquese. Está ahí dentro.

K observó a través del orificio practicado. Adentro había una sala de color blanco, amueblada tan sólo con una mesa y dos sillas del mismo color, sobre una de las cuales descansaba un hombre. Tenía la pierna izquierda sobre la derecha y apoyaba la cabeza en la zurda. K se sintió decepcionado, pues sólo lo vio de perfil; así no podía hacerse una idea de sus rasgos.

-Desde aquí apenas puedo verlo.

-Lo siento. Es lo único que puedo ofrecerle. Klamm duerme así.

Y con el mismo tono cortante y decidido se dispuso a volver a aplicar el tapón en la puerta, mientras K se alejaba para dejarla hacer. Después regresaron al núcleo de la Posada, que seguía abarrotada.

-Y dígame: ¿le gusta trabajar aquí?

-No demasiado. ¿Ha visto usted cómo le mira toda esa chusma? Pues imagínese aguantarlos diez horas todos los días. Lo hago porque son amigos de Klamm, pero me tienen harta -entonces sintió cómo se formaba un coro entorno a ellos y la camarera les gritó para que se alejaran.

Empezaba a anochecer. K oyó la voz de Olga que lo buscaba para regresar, pero la ignoró. Recordaba aquel ambiente tan tétrico de la noche anterior y se le quitaban las ganas de regresar a aquella casa. Había conocido, además, a una mujer enigmática. Ni de lejos podía decirse que fuera atractiva, pero tenía carácter.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

17/03/2021.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s