HISTORIA CIRCULAR (III): LA OVEJA NEGRA

Tercer texto presentado al Mundial de escritores. Esta vez no sigo la tercera consigna:


Y ahora venir acá y encontrarme el patio donde pasé tantas tardes con las hierbas crecidas, salvajes; los azulejos rotos y descoloridos, efecto del sol inclemente que los azota; el paellero abandonado y oxidado… Son imágenes que me duelen, como me duele recorrer estas habitaciones.
Recuerdo que las hermanas de Manuel eran todas muy bonitas. Irene, la mayor, tenía diecinueve años; festejaba por aquel entonces con un tipo alto y larguirucho que bizqueaba un poco; gastaba unas gruesas lentes de pasta y tenía una larga melena que me hacía gracia, porque a mis ojos de chamaco le daba una imagen muy femenina, a la que sólo escapaba por su chaqueta de cuero y por los vaqueros, así como por unos tímidos pelos rubios en el bigote que armonizaban con sus patillas en punta. Era un buen tipo. Aunque claro: aquella familia se hacía respetar. Eran todos tan encantadores, que el pueblo les quería mucho. La tragedia que aconteció hace dos meses sólo es explicable porque este país es muy perro; porque querer cambiar las cosas es lo que lleva a tantos a la tumba de manera anticipada. Pero nadie del pueblo faltó al entierro del señor don José Arias; y fuimos muchos los que desafiamos el miedo y salimos a manifestarnos al día siguiente de su asesinato, a pesar de que doña Silvia me pidió que no lo hiciéramos; que eso nos exponía, sobre todo a mí, que fui el organizador y que trabajaba para el mismo cuerpo que era responsable de tamaño crimen. Es cierto que mi acción era temeraria; que podía haberme costado no sólo el puesto, sino la vida, pero creí que debía hacerlo. Fue una manifestación multitudinaria, y creo que por eso me han respetado. El señor don José Arias quería unir al pueblo, y finalmente lo consiguió. La lástima es que tuviera que morir para ello.
Me olía que algo andaba mal, y don José lo sabía; yo mismo se lo dije. Cuando uno es policía oye estas cosas; entre nosotros no hay secretos, porque todos tenemos los mismos intereses; todos sabemos que nuestro deber es cumplir las órdenes que vienen de arriba, de ese juez que decide los caminos de este perro país; de ese gobierno asesino y sin escrúpulos. Sé que fue un error por mi parte meterme en ese mundo de hienas. Me siento como la oveja negra, alguien que no está en su ambiente. Si caí ahí fue porque necesitaba escapar de mi casa, huir de mi familia; y la policía me ofrecía la vía más rápida para conseguir mi objetivo.
Ahí fue donde oí la fatal frase: «Hay que hacer callar a don José Arias.» No hace falta ser muy listo para comprender el significado de esas palabras; cualquier imbécil lo entendería. Así, dichas al vuelo por una plática entre compañeros, llegaron a mí con una intensidad pavorosa; sentí que el cuerpo se me ponía rígido y se me helaba. Fue sorprendente que nadie se percatara de ello; estaban demasiado metidos en sus asuntos. Y yo, por mi parte, no socializaba demasiado que digamos; era el bicho raro, el tipo que había llegado procedente de una familia de clase baja, desarraigada, casi criado en la calle. ¿Quién era yo para ellos? Por supuesto, ni se me pasó por la cabeza cuestionar aquella decisión; sólo habría servido para que me pusieran en el punto de mira.
Pero aquella noche, igual que todas desde los últimos treinta años, fui a cenar a casa de los Arias. Me metí con Manuel en su dormitorio nada más llegar y le comuniqué la noticia; le dije que lo mejor que podía hacer su papá era tomar un avión y largarse del país unos meses; un año, quizá, hasta que se olvidaran de él. Así se lo hice saber a don José durante la cena, y toda la familia me apoyó. Por desgracia, el buen hombre no nos escuchó. Siempre decía que él no se ocultaba; que su lugar estaba en Cali, en Colombia.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/06/2021.

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