AGUAS PROFUNDAS

*

A lo lejos, insondable, se perdía la línea del horizonte. El cielo, de un azul pálido, se aclaraba aún más hasta transformarse en un blanquecino haz de luz en la frontera donde se unía en un beso romántico con su amor incondicional y eterno, el mar, que lo devoraba con sus oscuros y acuosos labios. Era un día apacible, con elevada temperatura y aguas calmadas. Pese a todo, le habían advertido que no se adentrara; que, si lo hacía, corría el riesgo de verse indispuesto para regresar; que, si algo le ourría, no habría quién le auxiliara ni podría aguantar la vuelta. Pero él no oyó los consrjos. Le abrumaban la muchedumbre y el griterío; prefería la soledad, nadar a sus anchas sin que nadie le molestara, ahogar los pensamientos en cada brazada, en cada zambullida, sin temor.

Un grupo de personas se paró frente a la orilla y miró a lo lejos, con una mano en la frente, a modo de visera. Su actitud sirvió de ejemplo a muchos curiosos que se aventuraron junto a los primeros y emularon su gesto, sin saber exactamente lo que buscaban. Los primeros intercambiaban entre sí palabras angustiosas; temían que el otro hubiera muerto, víctima de su acción temeraria. Con ojos suplicantes escrutaban el horizonte, ansiando encontrarlo, siempre en vano. Lo más que pudieron divisar fue la lancha salvavidas que había salido en su busca, que deambulaba de un lugar para otro sin hallar resultados. Los curiosos apenas se atrevían a preguntar, conscientes de que su presencia era más bien inoportuna; y que una pregunta semejante habría ofendido las sensibilidades.

-Caballero, ¿se encuentra usted bien? Quiere subir y que lo llevemos?

Un hombre se asomó al borde de la lancha y le preguntó al bañista, que al oír la voz se detuvo y lo miró indiferente. En el interior de la lancha había otro hombre, también vestido con una playera blanca, como su compañero. Observaban al individuo con incredulidad, atentos a su reacción, por si en algún momento fuera preciso saltar al agua para rescatarlo. El bañista, agradecido por su gesto, les sonrió.

-No, gracias; estoy bien.

Los miembros de Salvamento Marítimo se miraron extrañados, casi ofendidos. Aquella respuesta les hizo sentirse ridículos. Les habían llamado por una supuesta alarma; en su fuero interno albergaban la ilusión, además, de regresar convertidos en héroes por haber salvado a aquel individuo temerario. Ahora, en cambio, dabar la vuelta con su orgullo herido, defraudados por un viaje vacío, decepcionados por no poder salir de su anonimato. No les quedaba otra que seguir tostando sus cuerpos musculados, a la espera de que algún incauto cometiera alguna temeridad.

Mientras tanto, el grupo de observadores no había parado de crecer. Al grupúsculo original ya se le habían sumado otras cien personas, todas con la mirada perdida en el horizonte infinito, aunque sólo unas pocas hubieran extraviado a lo lejos a un ser querido; aunque nadie más de los presentes se atreviera a preguntar qué sucedía; aunque ninguno más supiera qué era lo que buscaba. Mezclado entre ese grupo de anónimos, tan ignorante como los demás, el bañista se acercó, todavía con el cuerpo húmedo. Se sentía satisfecho por la feliz experiencia, relajado. Ahí, en una de las últimas filas, parapetado por decenas de personas, no alcanzaba a ver más que algunas cabezas, la mayoría cubiertas por gorros de playa. Tampoco él se atrevía a preguntar. Ya se ponía el sol. Al fondo, muy a lo lejos, empezaba a difuminarse la línea del horizonte mientras el cielo se teñía de escarlata.

*Relato basado en una historia que me contó mi padre.

Autor: Javier de García y de Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/02/2022.

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