UNA NUEVA ETAPA (CCCXVI)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (XXXV)

Se deslizó por los mismos matorrales por donde minutos antes se había escurrido el soldado raso; mas su destino difería. Cuando ya se encontraba a algunos kilómetros del palacio, dirigió sus pasos hacia el centro de la ciudad, donde se concentraba el fuego. Su indumentaria, aparentemente de civil, la hacía irreconocible a las filas del ejército para el que trabajaba, y cuyos intereses en principio defendía, pero también la liberaba de sospecha frente a las tropas de Siyan. Tan sólo su abultado carcaj delataba sus verdaderas intenciones y deshacía la máscara; una máscara, por otra parte, no necesariamente buscada por la joven, que se limitaba a caminar con cautela. Mientras careciera de uniforme oficial, nadie repararía en ella; tampoco harían caso de sus armas.

Los gritos, ensordecedores, acompañaban a quienes habían tenido la mala suerte de padecer las consecuencias de aquellos primeros ataques. Apenas finalizada una guerra, empezaba otra. La población se sentía agotada. En aquella región del planeta, los niveles de mortandad eran inusualmente elevados. Era el momento idóneo para sufrir una invasión; el agresor no tendría rival.

Agazapada como en el bosque, Ariadna accedió al interior de uno de los edificios que aún permanecían en pie. Era el lugar donde se sentía más a gusto; desde ahí podría alcanzar a las naves rivales; aunque sabía que, si la descubrían y bombardeaban, no lo contaría. Era un riesgo muy alto, pero ahí estaba.

Se encaramó a la azotea de la finca, como ya hiciera la primera vez que inspeccionó la región, y se mantuvo a la espera. Sabía que las naves de Siyan ostentaban como distintivo una media luna rojiza, en la cual figuraba enroscada una cobra, que miraba amenazadora. Era de lo poco que conocía, por las conversaciones con Albus, cuando le preguntara el porqué de los diferentes emblemas. Sus aviones, en cambio, mostraban a un león en posición de ataque, con las fauces abiertas y un sordo rugido. En cualquier caso, si tuviera alguna duda, no dudaría en disparar. Ése no era su pueblo; ella permanecía ahí atrapada. Trataría de cumplir con su encargo, mas no por ello se arriesgaría más de lo necesario o sentiría remordimiento alguno por otras muertes.

Esperó unos minutos hasta que vio aparecer dos cazas; uno de Siyan volaba en persecución de otro de Sacriĉ. De manera mecánica se llevó la mano a la espalda y apuntó a la nave de Ostranc. El escudo era su blanco; buscó el centro de la cobra y soltó el arco. Segundos después hizo diana; el avión rival se incendió y empezó a perder altura. Tras ello, se apresuró por las escaleras y se precipitó a la calle, ahora en un cuerpo a cuerpo con los soldados que encontraba a su paso; que, desconcertados al principio por verla aparecer de la nada, la enfrentaban durante unos segundos, antes de caer atravesados por su espada. Cuando eso ocurría, ella corría a otro punto y se encaraba con un nuevo oponente, incansable, con el fuego de la rabia en sus pupilas, concentrada en el combate, decidida a segar cuantas vidas se interpusieran a su paso.

Una media hora duraría aquella cruenta lucha, hasta que las tropas de Ostranc emprendieron la retirada. Dejaron las calles ensangrentadas, repletas de cuerpos gimientes, entre los cuales se hallaban los de muchos de sus hombres, las primeras víctimas de su colérica espada.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/03/2019.

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