EL NUEVO CASTILLO (III)

Había caminado trabajosamente unos 200 metros, embargado por la nostalgia que le producía la imagen de un castillo decrépito, cuando los gritos de unos niños lo sacaron de su ensimismamiento. Levantó la mirada y se encontró con un grupo de escolares uniformados que surgían de una esquina; vestían trajes negros con camisa blanca y corbata, a pesar de su juventud; las niñas, con una falda que les llegaba por las rodillas, también lucían un conjunto blanquinegro. K los observaba con extrañeza; sentía que aquella formalidad en la indumentaria era absurda; que coartaba la inocencia de las criaturas e intentaba violarlas para forzarlas desde tan tierna edad a la depresiva madurez de los adultos. Mas por suerte los niños permanecían ajenos a sus pensamientos. Unos caminaban animadamente, con grandes sonrisas que mostraban su conformidad con el ambiente; otros se perseguían y estallaban en sonoras carcajadas, commo las que le habían sacado de sus reflexivos recuerdos. Cuando todo aquel enjambre ya había aparecido, vio surgir por la misma esquina a un hombre igualmente uniformado, vestido tal como los niños, con la única diferencia de que llevaba un ancho sombrero y una capa negros y un bastón, con el que parecía dirigir a los alumnos como si fueran ganado. K se alegró de hallar a un adulto en su camino.

-Buenos días. ¿Son sus alumnos?

-Así es. Soy el maestro del pueblo; me llamo Lasemann. Usted no es de por aquí, ¿verdad?

-No, señor; llegué ayer. Soy el nuevo agrimensor. Es decir: el castillo me hha contratado.

-Sí; lo de que es nuevo se le nota. Todavía tiene que aprender mucho de este pueblo. ¿Dice que el castillo lo ha contratado?

-Sí. Ahora voy a reunirme con mis ayudantes en la Posada de los Señores. Tengo ganas de empezar; confieso que estoy nervioso. Las primeras impresiones en este lugar se me han antojado un tanto complicadas.

-Le deseo mucha suerte.

-Muchas gracias.

La fuerte algarrabía cesó tan pronto como K se detuvo frente al maestro; la canalla interrumpió sus juegos y enmudeció sin necesidad de orden alguna, deteniéndose entorno a aquel hombre que ofrecía un aspecto tan solemne. Actuaban como soldados discicplinados; muchos lanzaban a K miradas de soslayo, la mayoría suspicaces, con el ceño fruncido. A K no le pasó desapercibida aquella actitud de los rapaces, demasiado hostil para criaturas de su edad. En cuanto a Lasemann, tenía una actitud tan altiva como los chamacos. Miraba a K con desconfianza, una desconfianza que se mezclaba con un hondo desprecio. La ironía que con facilidad se traslucía en sus palabras era cortante. Pese a todo, K consideró portuno tratar de congraciarse con él. Ya había tenido experiencias demasiado duras; le convenía algún contacto que le facilitara el acceso al castillo o, por lo menos, romper con todas las sensaciones adversas que le estaba deparando el pueblo. Hizo caso omiso de su ironía y continuó:

-Disculpe. Me gustaría hacerle una visita un día de éstos. ¿Le importaría?

-Me encontrará en la Calle de los Cisnes.

Sin más palabras se despidieron. Al instante, como despertados de una hipnosis, los niños rompieron la disciplina y volvieron a estallar en carcajadas y gritos. K permaneció quieto unos segundos, mientras observaba al maestro que se alejaba con los chamacos, a la par que el griterío languidecía, hasta que las voces se apagaron. K pensaba en ese hombre, en su mirada hostil; en una hostilidad que se reflejaba incluso en los convulsos movimientos de su poblado bigote. Sería difícil de abordar, pero sabía que debía hacer uso de la invitación y volver a verlo.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/03/2021.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s