HISTORIA CIRCULAR (X): SANGRE FRÍA

*Décimo escrito presentado al Mundial de escritores. No sigo la consigna:

-¿A qué viene tanto grito? ¿Acaso pretendes intimidarme? Ya has tenido bastante suerte de que no te pasara nada, ¿no crees, rojo de mierda?

Me increpó en cuanto el señor Bernardo hubo salido. Aproximó su rostro al mío; sólo nos separaban escasos centímetros. Su voz, aunque mantenía un tono moderado, tenía un matiz amenazante, crudo. Su fuerte aliento a cerveza me abofeteaba a cada palabra, igual que su asquerosa peste tan propia del típico macho andino.

-¿Apoyas a esa gentuza y todavía te atreves a protestar porque queme unos cuantos papeles? ¿Sabes cuántos hay en el cuartel dispuestos a meterte tres tiros? Yo mismo podría hacerlo ahora si quisiera; nadie me juzgaría por eso.

-Esto no es una cuestión ni de rojos ni de azules ni de amarillos; y aquí nadie quería hacer una revolución. Eran sólo protestas pacíficas por algo que a don José le parecía tremendamente injusto -le respondí, manteniendo la mirada firme y desafiante, pero moderando mi tono, en parte satisfecho porque aquel tipo se hubiera quitado la careta y me hablara con franqueza; en parte intimidado por sus amenazas-. ¿Te has pasado por el barrio viejo? ¿Puedes de verdad ver a toda esa genteandrajosa muriéndose de hambre y no tener la sensación de que algo va mal en esta mierda de país? Don José no podía. Y la verdad es que yo tampoco.

-Escúchame bien, romántico de pacotilla -dijo, cogiéndome por las solapas de la camisa-: tú no harás nada si no quieres acabar como tu querido don José. A ti te pagan por estar de nuestro lado, por proteger los intereses de los que mandan. ¿Quieres engrosar la lista de desaparecidos? ¿Quieres que tu nombre figure junto al de tantos infelices? Un policía muerto por colaborar con los insurgentes. No es tan difícil. Los medios lo venderían como una muerte en acto de servicio, precisamente contra aquéllos a quienes apoyas. Serías nuestro mártir. ¿No te parece irónico?

Dijo, recuperando el tono burlesco, con una risita de desprecio, mientras me soltaba y me daba la espalda para dirigirse al mueble comedor y abrir cajón que me había tenido paralizado hacía unos minutos. Vio las fotos; entonces encendió otra cerilla y la dejó caer.

Aquello era mucho más de lo que mi serenidad podía aguantar. Al fin y al cabo, estaba en el foco de mira de todo el cuerpo; sabía que sólo era cuestión de tiempo que me mataran; y mi compañero se esforzaba en intimidarme. Pero seguramente no previó mi reacción.

En cuanto vi la llamarada del cajón e intuí que aquellas fotos se consumían entre el fuego voraz, sin pensarlo dos veces desenfundé mi pistola y le vacié el cargador a aquel hijo de puta. Lo maté por la espalda. Había muerto como un perro, igual que don José; pero él no había recibido tres balazos, sino cinco.

Observé pesaroso el cuerpo de aquel cerdo caído de espaldas frente al mueble, acribillado, con manchas de sangre en la madera y en el suelo. Mis disparos se habrían oído en el cuartel; en cuestión de segundos sonarían las sirenas de los carros aproximándose hasta la casa. Pero no me encontrarían con vida; no permitiría que me torturaran y me mataran sádicamente, como a tantos otros. No me hacía falta ni cambiar el cargador; me bastaba con usar el arma de mi compañero.

Autor: Javier García Ninet,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/06/2021.

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